Observaciones de un extranjero en Alemania a través de la pandemia

Vivo en la región alemana más afectada por el virus corona. En Colonia, la ciudad en la que resido junto a mi pareja y nuestras dos hijas, hay, al día de hoy, 2.300 infectados. A pesar de esto hemos decido volver desde Argentina en uno de los últimos vuelos comerciales que dejaron el país para estar en casa durante estos tiempos inciertos.
A pesar de las restricciones, la situación en la ciudad es bastante tranquila. Sigue habiendo gente en las calles y las conversaciones,siempre sobre el virus, se desarrollan de forma normal. Pero estamos lejos de la vida que dejamos hace cuatro semanas. Las escuelas y las universidades están cerradas y el gobierno nos pide que nos quedemos en casa tanto como sea posible. Así que, para pasar un poco el tiempo, decidí ir tomando notas de lo que voy observando. Seguramente algunas entradas intentarán ser graciosas sin lograrlo. Espero que nadie vea en esto una falta de respeto hacia aquellos que la están pasando mal. Se trata más bien de intentar distender la situación y llenar el tiempo.

Día 1 – El virus, Germania y el papel higiénico.

El miedo al virus corona se ha hecho sentir en la ciudad. Una de las primeras cosas que nos ha afectado al regresar es que en los supermercados se acabaron las pastas secas y el papel higiénico. Sí, el papel higiénico. La foto que acompaña estas líneas es del supermercado donde siempre compro. Hay de todo, pero esas góndolas vacías son las del papel higiénico, los rollos de cocina, los pañuelitos descartables y cualquier otro trazo de papel no hiriente que pueda servir para limpiarse el culo. Es decir, anticipando tiempos difíciles, los alemanes están pensando en la futura ingesta de alimentos, pero también en la excreción de esos alimentos. En la cadena alimentaria completa, digamos. Y, si bien se puede entender que se le dé importancia a la comida, resulta por lo menos extraño que se ponga al mismo nivel la expulsión de sus residuos. Frente a semejante situación, empiezo a creer que la gente de este país tiene una relación bastante particular con sus deposiciones.
En realidad, no puedo generalizar. Solo conozco (y tan especulativamente como puede hacerlo alguien que ha vivido en los dos países) la relación que los argentinos y los alemanes tienen con sus excreciones. Y puedo asegurar que son bastante diferentes.
Los alemanes, por ejemplo, tienen una relación muy saludable con su meo. Los argentinos no le tenemos aversión al nuestro, pero tampoco un particular aprecio. Mear en las calles argentinas está mal visto. Los alemanes, en cambio, esparcen los residuos de cerveza por cualquier espacio verde. No les molesta su meo. Lo observan con el orgullo que les produce casi toda producción germana y son capaces de tomárselo (en el sentido de “beber”) atribuyéndole ominosas propiedades curativas.
Pero con la mierda ocurre algo muy diferente. Los desechos fecales, propios o ajenos, le producen pánico a este fuerte y aguerrido pueblo. En alemán hay una palabra para los residuos que quedan en el inodoro cuando los desechos no desaparecen por completo. “Marcas de frenado” las llaman jocosamente, intentando ocultar el horror que les generan. Porque la reacción de un alemán al ver esas marcas en el inodoro, es comparable a la reacción de un argentino al ver las mismas marcas sobre el rostro de su abuela.
La pregunta es por qué y por supuesto no hay una respuesta sencilla. Después de pensarlo durante algunos minutos, me atrevo a aventurar una teoría. Esta gente tiene una visión idealizada de sí misma. “En el cielo las estrellas y en mi corazón la Ley”, decía Kant y tal vez no hablaba solo sobre sí mismo, sino sobre mis vecinos que siempre saben lo que se debe hacer y saben, además, que siempre lo van a saber. Los alemanes son puros en el sentido platónico, son la parte racional y abstracta de la vida. Así que recordarles que no solo son polvo de estrellas, sino que también están hechos de mierda, que tienen que hacer mierda para seguir viviendo, parece producirles un pánico similar al que en otras culturas genera la propia muerte o el hecho terrible de perder el rostro. Me aventuro a pensar que, si en los primeros días de esta crisis se acabó el papel higiénico, es porque cagar aleja a este valeroso pueblo de la esencia que ha elegido como propia, lo separa de las estrellas y lo devuelve a las porcelanas de este mundo.
Si tienen otra explicación, me gustaría escucharla.

Día 2 – ¿Dónde están los alemanes?

Se va terminando un día largo. Muy largo. 4971 casos comprobados en la provincia y 12 horas con una niña de 4 años y un bebé de 10 meses en 60 metros cuadrados. Con mis últimas fuerzas, voy dejando caer los dedos sobre el teclado.
Hoy el reto fueron las niñas. Hoy pintamos huevos de pascua, cocinamos sopa olorosa, hicimos la guerra de almohadas y hablamos sobre el “resfrío tonto”, traducción aproximada del nombre que le hemos dado en casa al virus corona. Fue intenso entretener a las niñas.
Y también para los adultos fue difícil encontrar una actividad. Ayer queríamos ir al mercado de la construcción, yo para comprar maderas y armarles una casita a las nenas, Susanne, mi pareja, para comprar plantas. Proyectos, pensamos. Actividades que nos ocuparían durante los días de encierro. Sin embargo éramos conscientes de que la salida no era imprescindible, así que llamé al mercado para saber si estaba muy lleno y se rieron por toda respuesta. Decidimos quedarnos en casa. Sin maderas y sin plantitas.
Por suerte todavía teníamos toneladas ropa sucia que habíamos traído del viaje. Dos valijas y una mochila. Así que hoy los adultos nos entretuvimos poniendo cuatro lavarropas y administrando los pocos espacios de la terraza. El turno de lavado de cada prenda fue decidido teniendo en cuenta no solamente su color, sino también sus perspectivas de uso. Y para asignarle un espacio de secado, primero observamos que lugares habían quedado libres y luego cruzábamos esa información con la variable de probabilidad de uso de la prenda en cuestión y la variable de potencial de sol de los espacios libres. Y así durante todo el día. Por supuesto, no ideamos semejante sistema porque fuera necesario, sino porque lavar la ropa fue la única actividad de adultos que tuvimos hoy. Esa y mirar noticias.
¿Pero y mañana? Para mañana solo nos quedan dos lavarropas. Nada más. Algo de ropa de verano que no vamos a usar y las últimas prendas relegadas que no entraron en los lavados anteriores. Esas, las parias del armario, las que uno no sabe si es necesario lavar siquiera. Eso nos va a ocupar hasta el mediodía. ¿Y después? ¿Qué vamos a hacer después, cuando ya no haya más ropa sucia y nuestras hijas y las noticias acechen?
Pero hay algo que me preocupa más todavía, algo que ya me había hecho ruido ayer en nuestro primer día de pandemia, aunque todavía no lo había identificado siquiera. Pero hoy sí. Hoy me di cuenta. Y tiene que ver con las mañanas. A la tarde uno nota cierta vida en nuestra cuadra. Si uno abre la ventana, puede escuchar que alguien asierra las maderas que sí llegó a comprar, que un niño llora de aburrimiento y que el muchacho del segundo piso le grita a su teléfono que se está quedando sin porro. Pero el panorama a la mañana es muy distinto. Espeluznantemente distinto. La foto que les adjunto está sacada desde mi terraza y muestra el corazón de nuestra manzana. Es una foto, pero ustedes mírenla fijamente y háganse a la idea de que es un video, de que esa absoluta inmovilidad no es producto del medio, sino característica de ese corazón de manzana donde no se ve a nadie, donde no se mueve nada, si uno lo contempla durante una pandemia en una mañana de marzo. Y no crean que se escuchaba mucho tampoco. Algún pájaro bajito y un helicóptero a lo lejos. Nada más.
¿Dónde están mis vecinos por las mañanas? ¿Dónde si no están en sus casas? No hay jardines de infantes, no hay escuelas, solo siguen abiertos los comercios que venden víveres. Entonces, ¿dónde están los alemanes de mi cuadra a las diez de las mañana? ¿Por qué no los veo, no los oigo muriéndose lentamente de aislamiento? ¿Adónde van? ¿Acaso hay reuniones secretas para salvarse? ¿Nos están dejando de lado? ¿Es porque soy extranjero? O, lo que sería aún peor, ¿están? ¿Están ahí, en esas casas petrificadas, con las miradas perdidas sobre la mesa del desayuno como zombis que todavía no han despertado?
Tengo que decir que el silencio y la inmovilidad que percibí desde mi terraza me impresionaron mucho. Es más, tengo que decir que me dieron miedo. Por un momento sentí el impulso de bajar las escaleras corriendo y tocarle el timbre a un vecino. A cualquiera. Solo para saber que estaban. Pero al final me contuve. ¿Qué podía hacer si no contestaban?

Día 4 – “Total normalidad”

Alemania está muy rara. 6.700 casos en la provincia y yo finalmente encontré a mis vecinos. Ya sé lo que hacen por la mañana. Van de compras, se pasean, se dicen que qué extraño lo que pasa. La foto que les adjunto está sacada a 100 metros de mi casa, en la Venloerstr., la calle de compras del barrio.

Lo que está sucediendo en este país es extraño y a mí se me hace difícil de entender. Para que ustedes entiendan mi desconcierto, tengo que contarles una cosa: el alemán tiene miedo. Siempre. Por eso las cosas funcionan tan bien en este país. Porque el alemán tiene miedo. A perder su trabajo, a no poder pagar el alquiler, a que lo putee el jefe, a que lo putee el vecino o sus empleados, miedo a que le pongan una multa, miedo a que lo miren mal en la calle, miedo a que el grupo, encarnado en  uno de sus integrantes, lo señale con el índice y le diga: “estás haciendo lo que no se debe” o “lo estás haciendo mal” o “no servís”. Es decir, gran parte de este hermoso pueblo, al que ya le he tomado cariño, tiene miedo de no hacer lo correcto y de no desempeñar su papel como el grupo lo espera.

La cuestión es que en este país hay mucho miedo y eso hace que el respeto a la ley, o, mejor dicho, a la autoridad, sea muy fuerte. ¿Qué hacen, entonces, todos mis vecinos en la calle? Y no son solo mis vecinos. Los adolescentes se reúnen en los parques y celebran Corona-partys. En las plazas se juega al fútbol, al básquet, al tenis (sí, a 800 metros de casa hay un parque con una cancha de tenis de cemento). Si esta gente siempre tiene miedo y las autoridades dicen que es más que conveniente quedarse en casa: ¿por qué están en las calles? ¿Por qué, por una vez, no tienen miedo cuando al parecer sí tendrían que tenerlo? Y si no tienen miedo, ¿por qué no hay papel higiénico en el supermercado?

Tengo que confesar que, en un primer momento, a mí también me pareció extraña la reacción mundial. No exagerada, pero sí extraña. Porque desde un primer momento se planteó que este virus pone en riesgo especialmente a ancianos y a gente con complicaciones de salud. Yo, por mi parte, pensaba que era estupendo tener empatía con ellos y parar la economía mundial para que no se mueran, pero desconfiaba de los gobiernos y del pánico general que se estaba generando. Me resultaba difícil creer que a casi todos los gobiernos del mundo, la mayoría neoliberales,  les importaran tanto los viejos y los enfermos como para parar las máquinas de imprimir billetes. Lo de no saturar los sistemas de salud se me hacía un poco abstracto. Además, pensaba que sería mucho más estupendo tener empatía con la gente que sufre enfermedades como el dengue o directamente desnutrición, pero que, como esa gente no es europea ni blanca, a nadie se le ocurre invertir la ingesta cantidad de dinero que se ha aceptado perder en esta crisis. Sinceramente, esos eran mis pensamientos al comienzo de esta crisis. Bueno, las imágenes de Italia y los datos de España me han llevado a entender que se hayan parado las máquinas. Sin contención, se moriría realmente mucha gente.

Pero mis vecinos vieron también los camiones cargados de muertos por las calles de Bérgamo. Y además son hipocondríacos sociales. ¿Qué hacen afuera? Hoy también, después de pensar once minutos en semejante asunto, les aventuro una conjetura.

Creo que hay dos cosas que impulsan a mis alemanes a la calle. La primera es que son hipocondríacos, pero solo de puertas para adentro. Es decir, a un alemán le importa lo que diga su vecino, tanto como para que un posible veredicto adverso le cause pavor. Pero siempre y cuando el vecino sea alemán. Lo que digan los italianos, los españoles y toda la demás gente esa que rellena el mundo, no importa demasiado. Es más, sería bastante insolente que esa gentuza que no sabe respetar la ley, que ni siquiera es capaz de pararse frente a un semáforo en rojo cuando va caminando y no hay un auto en cuatro kilómetros a la redonda, que justamente esos se atrevan a opinar sobre lo que ocurre en estas tierras. Italia tiene unos 50.000 infectados y más de 4.000 muertos. En España ha habido unos 25.000 contagios y 1.300 muertes. Francia tiene unos 10.000 infectados y casi 400 muertos. En Alemania el número de enfermos es algo menor que en España, hay unos 22.000 y hasta ahora se han muerto a causa del virus corona 79 personas. Esto es algo así como la versión sanitaria de los muertos de Agincourt. Los números lo demuestran: el pueblo alemán es superior. Eso de cortarse el prepucio es propaganda vacía. Para ser el pueblo elegido, hay que seguir la ley contingente. Eso nos hace dignos. El imperio romano, el Siglo de Oro, el Renacimiento y la Revolución Francesa no se pueden comparar con Gutenberg, Goethe, Hegel, y Modern Talking. El alemán hace ejercicios, el alemán paga sus impuestos y mantiene a un montón de vagos que malversan la sanidad pública. Así que el alemán se muere cuando quiere. O, por ahí, cuando lo dicta la ley. Eso también estaría en orden.  

La segunda cosa que veo detrás de los paseos de mis vecinos es el esquizofrénico papel que está teniendo el Estado. En los últimos días, se repiten los discursos del tipo: “chicos, no salgan a la calle que se saturan los hospitales y nos morimos todos”. Pero al mismo tiempo, no se promulga un aislamiento obligatorio. ¿Qué onda? Creo ser muy demócrata. Es más, creo ser algo así como un demócrata fundamentalista. Pero si la cosa es tan grave como dicen, ¿qué hace el Estado que no dicta aislamiento obligatorio?

En el norte de Argentina, en Salta, durante mi infancia, visité una vez una sala de salud. Era muy chico y no me acuerdo qué tenía. Pero un cartel que había en la sala se me quedó grabado en la memoria. El título era decía “Como crear a un niño bipolar” y me acuerdo que estaba redactado por la positiva, o sea, que decía, “si quiere un niño bipolar, haga esto, esto y esto”. Recuerdo que decía “Dígale que sí y que no al mismo tiempo”. Bueno, pareciera como si Alemania quisiera criar ciudadanos bipolares. O por ahí deshacerse de algunos de sus viejos.

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