El neoliberalismo y las sirenas

O por qué no existe una utopía neoliberalista

Para entender la relación del neoliberalismo con las utopías modernas, primero hay que pensar qué se esconde detrás de un sustantivo tan esquivo como “utopía”. Lo primero que podríamos decir es que, por definición, una utopía no se encuentra en ningún lado. Su mismo nombre la define como un “no-lugar”, hecho que puede tener dos explicaciones. La primera sería que, cuando Tomás Moro la bautizó, no quería situar su Utopía en ningún lugar concreto. La segunda sería que es un no-lugar porque la utopía no puede existir nunca. Lo que ella representa es imposible e irrealizable, una construcción ideal que nunca (o por lo menos nunca “ahora”) podrá ser alcanzada. La pregunta es por qué y eso es lo vamos a intentar responder.

Por supuesto, no existe una utopía, sino que diferentes modelos sociales han elaborado relatos ideales de cortes muy diferentes. La Ilustración, por ejemplo, planteó un paraíso terrenal en el que el individuo tenía absoluta libertad de conciencia y muchísimos canales de intercambio intelectual. Tomás Moro y Rousseau plantearon la explotación sostenible del entorno como relato idílico y los positivistas imaginaron que la aplicación científica de la Razón y los faldones de su majestad iban a salvar al mundo.

Para los comunistas, en cambio, la utopía se basaba en abolir la repartición desigual de los bienes y, por lo tanto, la explotación del hombre por el hombre. Los capitalistas, más prácticos, más ingleses, anhelaban y anhelan un grupo humano en el que los integrantes de las clases sociales aceptan los derechos y los deberes que la pertenencia a esa clase trae consigo. El pobre burgués, por ejemplo, debería aceptar sin resentimientos la enorme responsabilidad que el capital trae consigo debiendo: 1) dedicarse a invertirlo para generar más producción al servicio del grupo y 2) dedicarse a reproducirlo para poder invertir sumas más grandes en los medios de producción y en el grupo. El afortunado pobre, en cambio, solo debería limitarse a vivir una vida relajada y con pocas responsabilidades, aceptando, sin pensar, las directivas del afanoso burgués y procreándose con placer para poder alimentar el crecimiento de las fábricas y del mercado interno. Este relato, si bien fue el que Salió triunfante de la Guerra Fría, hoy huele a Dickens y evidentemente ha quedado caduco.

Una utopía, entonces, no se define por su contenido, sino que representa la idea de una construcción social en la que se ha alcanzado un equilibrio inalcanzable: el de los individuos y su sociedad. En cada ideal, el individuo acepta renunciar a algo para que el grupo social funcione perfectamente y, a cambio, el grupo le otorga la posibilidad de desarrollarse en plenitud. Por supuesto, las respuestas a qué significa esa plenitud pueden ser, y de hecho son, extremadamente diferentes y detrás de ellas se encuentran diferentes concepciones de “ser humano”.

Sin embargo, todas tienen algo en común: son inalcanzables. Por lo menos en el aquí y ahora. La pregunta que nos queda por responder, entonces, es por qué. ¿Qué es lo que hace de toda utopía un imposible? ¿Qué es lo que hace que ese equilibrio entre el individuo y la sociedad sea inalcanzable? Y la respuesta que he encontrado al intentar entender mi fascinación por la novela Drácula de Bram Stoker y que quiero plantear en estas páginas está basada en dos conceptos: la muerte y el deseo.

Empecemos por el primero. Toda construcción colectiva existe porque otorga beneficios a sus integrantes y, por lo tanto, es esperable que ellos cooperen entre sí para mantenerla viva. Como veíamos, para que la interacción social funcione, el individuo siempre debe renunciar a algo: a parte (en el mejor de los casos) del fruto de su trabajo, a parte (en el mejor de los casos) de su libre albedrío, etc. Sin estas concesiones del individuo, el grupo no podría existir porque es justamente la aceptación de esta renuncia la firma que el individuo estampa en el contrato social presentado por el grupo al que pertenece.

El gran problema al que se enfrenta toda construcción social (y que hace imposible la utopía, es decir, el equilibrio perfecto entre el individuo y el grupo) es que sabemos que nos vamos a morir. El horror que nos produce nuestra propia muerte hace que sea muy difícil no combatirla por todos los medios que tengamos a nuestro alcance, por más que esto implique la explotación de otras formas de vida (animales, plantas, seres humanos) esté o no permitida por el grupo. Es decir, el contrato social le exige al individuo que renuncie a factores que podrían prolongar su existencia: acaparamiento de recursos materiales y humanos, acaparamiento de poder, explotación de otras formas de vida, etc. En determinadas ocasiones, esto enfrenta al individuo (sobre todo si tiene una cuota de concentración de poder importante dentro del grupo) con la disyuntiva entre obedecer este mandato o intentar atrasar el momento de su muerte. Podríamos pensarlo como una forma social de la tensión entre el Ello y el Superyo.

Por supuesto, a qué conclusión llegará el individuo en cada situación particular en la que tenga que elegir entre el bien del grupo o intentar prolongar su existencia, depende de un sinnúmero de factores. En primer lugar, del individuo en sí, pero también del grupo en cuestión y de las consecuencias de la elección, entre otras muchas cosas. Lo que es innegable, es que, en un grupo lo suficientemente grande (de por lo menos de dos integrantes), siempre se alcanzará una situación en la que, enfrentados a una elección semejante, los individuos se decantarán por opciones contrarias. Y esto es lo que hace imposible la utopía. En el momento en el que uno o más integrantes del grupo eligen medidas de auto conservación por sobre el bienestar común, el equilibrio se vuelve inalcanzable.

El segundo factor que habíamos mencionado, el deseo, es, en realidad, una ampliación de lo que hemos explicado. Porque, ¿qué es el temor a la muerte si no el deseo de permanecer con vida? Si hemos mencionado el temor a la muerte en primer lugar, es porque genera nuestro deseo más compulsivo y representa la mayor amenaza para el equilibrio del grupo. Pero lo que dijimos en relación a la muerte, se puede aplicar a cualquier deseo particular que el individuo tenga. Porque, como hemos explicado, el individuo inmerso en un proyecto de construcción colectiva no puede evitar llegar en algún momento a la pregunta: ¿Por qué renunciar? ¿Por qué no tener lo que tiene el otro? O, llegado el caso, más que el otro. Y esto también hace imposible la utopía, sea esta positivista, comunista o anarquista. Es decir, si la construcción de una sociedad ideal implica necesariamente la renuncia a determinados bienes en pos del bien común, por qué debería importarle al individuo el bien común si termina perdiendo aquello que desea.

Y no estamos hablando aquí de utilitarismo. Simplemente estamos pensando por qué existen los grupos, por qué acepta el individuo la renuncia, si no tenemos en cuenta los dictámenes de un Dios Barbado o de la Razón, que no deja de ser la cara más lampiña de la deidad.

Entonces, si enfrentamos a un individuo que está inmerso en el proceso de construcción social ideal y que se encuentra en condiciones de adquirir (de manera violenta o no) un bien que el grupo no le ha destinado y que desea, ¿qué decidirá? Decantarse por el grupo, lo acercará a la utopía y le brindará algún tipo de satisfacción (económica, social, afectiva, espiritual, moral). Decantarse por el deseo le otorgará aquello que desea. O por lo menos una posibilidad mayor de adquirirlo.

Es evidente que la respuesta a semejante dilema dependerá del contexto (cuál es la relación del entorno del individuo con una o varias morales, cuál es el objeto que desea, qué reglas debe incumplir para obtenerlo, etc.) y del individuo en cuestión. Y eso que aquí hemos dejado de lado la posibilidad, extremadamente real en casi todos los contextos, de quebrar las leyes establecidas por el grupo para conseguir el bien anhelado y negar este accionar a frente a la opinión pública, es decir, frente al otro. En ese contexto, nuestro asocial individuo no sólo gozará del bienestar generado por la adquisición del bien deseado, sino que también podrá exigir ser partícipe de la utopía social que él mismo ha hecho imposible con su accionar, pretendiendo así todos los beneficios que se desprenden de esta participación. Me imagino que cualquier lector que llegué a estas líneas tendrá ejemplos concretos en su mente.

Y aquí llegamos al neoliberalismo. La pregunta que quiero responder es por qué no existe una utopía neoliberal. Y, en realidad, la respuesta es muy sencilla. El neoliberalismo se basa justamente en la negación de toda utopía ya que propugna el deseo sin restricciones. Más arriba decíamos que la utopía se basa en el equilibrio que se establece entre el individuo y el grupo, entre el deseo particular y el deseo colectivo. El neoliberalismo propone como máxima que todo individuo debe competir para alcanzar su propio deseo. Sin reglas, sin moral, sin nada que no sea el deseo contingente. Así, los bienes materiales, la potencia de los bienes materiales y las medidas de prolongación de vida se convierten, dentro del sistema neoliberal, en la base de las relaciones humanas. Dentro de este sistema, el otro solo tiene lugar como medio para alcanzar el objeto de deseo, como socio, pero nunca como un fin en sí mismo cosa que pondría a Kant bastante nervioso.

Y esto no es ningún secreto. Los Muchachos de Chicago lo dicen abiertamente. Solo hay que entender que la palabra “mercado” la han convertido en un ingenioso eufemismo para decir “deseo”. Maquillando las verdades que dicen abiertamente, los neoliberalistas pueden utilizar a los demás habitantes de este mundo, a las grandes mayorías que, por no tener una cuota de poder importante, solo pueden perder en la libre competencia por el deseo particular. Y así los neoliberalistas se hacen con los bienes materiales, con la potencia de los bienes materiales y con las medidas de prolongación de vida y convencen a la mayoría del grupo de que esa apropiación es justa y no vale la pena hacer revoluciones. “Hay que hacerle caso al mercado”. “El mercado lo regula todo”. “Hay que dejar al mercado sin restricciones para que las cosas tomen su cauce natural”. Cambiemos ahora la palabra “mercado” por “deseo” y tendremos que aceptar que los Muchachos de Chicago nos vienen advirtiendo sobre su modo de operar desde hace tiempo. Si nosotros, como gran mayoría, hemos decidido escucharlos, es porque vislumbramos en su utilización de la palabra “mercado”, en ese eufemismo del “deseo”, la posibilidad de comprarnos una Play Station 4.

Hay una historia, una pequeña alegoría de Franz Kafka, que siempre me ha fascinado. En solo una página y media, el checo logró contar la historia social de la humanidad y su relación con la Ley. “Hay muy poca gente que se ha salvado del canto de las sirenas”, dice la alegoría, “pero nadie se ha salvado de su silencio”. Y lo que estaba diciendo, era que quizás alguien se pueda salvar de la Ley, pero que nunca nadie se salvará jamás de su inexistencia.

En definitiva, lo mismo podemos decir de las utopías que no son otra cosa que el relato con el que un grupo particular expresa su ley. Nadie puede salvarse de la imposibilidad de la utopía, pero sí podemos elegir olvidarnos de ese molesto detalle. Ulises, el más sabio de todos los hombres, escribió Kafka, no hizo que le taparan los oídos para no escuchar el canto de las sirenas, si no para no escuchar su silencio, para salvarse de la nada que queda cuando se sabe que el mar no esconde ningún peligro y que, en definitiva, siempre hemos estado solos. Ulises eligió ignorar ese silencio para seguir viviendo entre los hombres.

Nosotros tenemos que tomar una decisión similar, pero distinta. Porque Ulises era dueño del mástil al que estaba atado. Nosotros no. Así que sería iluso pensar que, si aceptamos el silencio de las sirenas, si dejamos de intentar acercarnos a una utopía que no existe y que no puede existir, vamos a quedar todos expuestos por igual a la intemperie del mar. Porque si aceptamos solo el aquí y el ahora, si renunciamos al otro, si aceptamos solo el deseo contingente como única regla de interacción, si, en definitiva, escuchamos a los muchachos de Chicago y aceptamos al neoliberalismo como sistema social para nuestros grupos, entonces esos que dicen que las sirenas no existen van a desatarnos del mástil para encadenarnos a los remos y van a obligarnos a que los llevemos, sin rechistar y sin escalas, al próximo paraíso fiscal donde se asolea su deseo. No el nuestro.

Las sirenas callan para todos, pero el barco les pertenece a ellos. Y si les pertenece es porque ellos o sus ancestros han matado y oprimido a los demás ocupantes. Jeff Bezos, por ejemplo, creó un sistema por el que uno puede acceder a casi cualquier deseo contingente esperando un par de horas. Tal vez haya sido esta una buena idea. Pero otorgarle por un logro logístico, por un truco de prestidigitador, la gorra de capitán y darle el estatus de sirena es algo que no podemos permitirnos. Volvamos a escribir épica. Además de los paraísos fiscales, hay otras islas en las que Ulises espera.

Las líneas anteriores son algunas ideas sacadas de un ensayo más grande. Escribiendo sobre “Drácula” y la relación que la novela de Bram Stoker estableció con el relato social de su época, terminé pensando sobre los relatos que rigen las políticas sociales de nuestro siglo. Así que decidí compartir estas observaciones en unas pocas líneas. Si alguien quiere leer el ensayo sobre Drácula, lo podrá encontrar bajo este link: https://www.rodrigodiaz.net/el-pan-nuestro-de-algunos-dias-blog/

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back To Top